En el corazón de Pakistán, bajo una cadena montañosa de apariencia árida y silenciosa, se esconde una de las estructuras subterráneas más impactantes del planeta: la Mina de Sal de Khewra, un mundo oculto de túneles brillantes, cámaras monumentales y arquitectura natural tallada en roca salina rosa.
No se trata de una mina cualquiera. Khewra es una de las más grandes y antiguas del mundo, y su origen está envuelto en una mezcla de historia y leyenda. Según la tradición local, fue Alejandro Magno, hace más de 2.300 años, quien advirtió que sus caballos lamían las rocas de la zona durante una campaña militar. Aquello despertó la curiosidad sobre ese “suelo extraño”, y así habría comenzado el mito del descubrimiento.
La minería organizada, sin embargo, llegaría siglos después. Durante el siglo XIII comenzaron las primeras extracciones sistemáticas bajo gobernantes locales, y más tarde, en época colonial, los británicos desarrollaron la explotación a gran escala. El verdadero impulso moderno llegó en el siglo XX, con técnicas industriales que transformaron a Khewra en un centro estratégico de producción de sal, no solo para consumo, sino también para usos terapéuticos, decorativos y arquitectónicos.
Hoy, la mina se encuentra en la región de Punjab (Pakistán) y se extiende como una verdadera ciudad subterránea. Bajo la superficie, el complejo cubre aproximadamente 110 km², avanzando unos 730 metros en profundidad dentro de la montaña desde su entrada principal. Su sistema interno está formado por más de 40 kilómetros de túneles, distribuidos en distintos niveles, cámaras y galerías.
La estructura se mantiene estable gracias a un método de ingeniería minera conocido como “pilares y salas”: solo se extrae alrededor del 50 % de la sal, dejando el resto como soporte natural de la montaña. Es decir, la propia sal sostiene la mina. A esto se suma un dato sorprendente: el interior mantiene una temperatura constante de entre 18 y 20 °C durante todo el año, lo que convierte el recorrido en una experiencia confortable y estable, sin importar el clima exterior.
Es, literalmente, como caminar por una ciudad secreta que solo existe bajo tierra.
Pero Khewra no es solo un sitio de explotación minera: es también un destino turístico de escala internacional. La Mina de Sal de Khewra no solo deslumbra a visitantes locales: cada año recibe alrededor de 250.000 personas atraídas por su belleza, historia y singularidad geológica, convirtiéndola en uno de los destinos turísticos más visitados de Pakistán. Si bien la mayoría de esos turistas provienen del propio país —reflejo del valor simbólico y cultural que tiene este lugar para la identidad nacional—, también llegan visitantes de distintas partes del mundo, curiosos por conocer la famosa “ciudad de sal” y el origen de la reconocida sal rosa del Himalaya.
La experiencia turística está cuidadosamente organizada. El acceso a la mina puede hacerse a pie o mediante un tranvía eléctrico interno, compuesto por antiguos carros de la década de 1930, utilizados originalmente durante el período de explotación bajo dominio británico. Este tren histórico transporta a los visitantes desde la entrada hasta el salón principal, atravesando túneles iluminados y galerías amplias que anticipan la magnitud del lugar.
En su interior, el recorrido incluye:
- Cámaras gigantescas de sal natural
- Esculturas y candelabros tallados en bloques de sal
- Estatuas iluminadas que brillan en tonos rosados
- Estaciones subterráneas
- Una oficina de correos completamente operativa, utilizada por los trabajadores
- El famoso Puente de sal “Pull Sarat”, de 25 metros de largo, construido con ladrillos de sal sobre un estanque de agua salada
- Un dispensario de emergencia históricamente vinculado a tratamientos respiratorios
El recorrido culmina en el llamado “Lago Salado”, un espejo de agua subterráneo que refleja las luces rosadas de las paredes, creando una atmósfera casi irreal. La experiencia se completa con una tienda de souvenirs donde la sal, en todas sus formas, se convierte en objeto cultural, recuerdo y símbolo.
Además, existen zonas habilitadas para espeleología ligera, una modalidad recreativa y segura que permite explorar sectores más profundos de la mina sin necesidad de experiencia técnica, combinando aventura, ciencia y turismo educativo.
La Mina de Khewra también es un destino accesible. Está ubicada en Punjab, a unos 288 metros sobre el nivel del mar. Desde Islamabad o Rawalpindi se llega en aproximadamente 2,5 horas en auto, y desde Lahore en unas 3,5 horas. Si bien no hay transporte público directo hasta la entrada, es posible combinar buses regionales y taxis desde ciudades cercanas. Dentro del predio hay estacionamiento, un breve trayecto a pie hasta la entrada y, una vez dentro, el tren interno permite recorrer cómodamente las secciones principales, lo que hace que la visita sea apta para todo tipo de público.
Pero Khewra no es solo una experiencia visual o turística. También es un espacio donde la historia se cruza con la salud, la ciencia y el bienestar. La protagonista silenciosa de todo este universo subterráneo es la sal rosa del Himalaya, un producto que genera tanto interés en la gastronomía como en la medicina natural.
Aunque no es un “superalimento milagroso”, sí presenta diferencias reales frente a la sal común:
Es menos procesada, ya que proviene directamente de depósitos geológicos naturales, sin refinamientos industriales intensivos.
Posee un perfil mineral más amplio, con pequeñas cantidades de calcio, potasio y magnesio, responsables de su color rosado característico y de un sabor más complejo.
Tiene usos terapéuticos, especialmente en lámparas de sal y prácticas de haloterapia, donde se utilizan micropartículas de sal en ambientes controlados para afecciones respiratorias. En cocina, su sabor más intenso permite usar menor cantidad, lo que puede ayudar a moderar el consumo.
Sin embargo, es clave aclararlo: la sal rosa no es más segura para personas con hipertensión, ya que su contenido de sodio es prácticamente igual al de la sal común.
La verdadera diferencia entre la sal común y la sal rosa no es una cuestión de modas, sino de nutrición y salud pública. La sal de mesa tradicional suele estar yodada, es decir, enriquecida artificialmente con yodo, un micronutriente esencial para el funcionamiento de la tiroides. La sal rosa, en cambio, no contiene yodo añadido, ya que su composición es completamente natural.
Por eso, ninguna es “mejor” en términos absolutos: tienen perfiles nutricionales distintos , usos diferentes y funciones complementarias. La elección debería responder tanto al gusto como a las necesidades de cada persona.
Recorrer la Mina de Sal de Khewra es, en definitiva, vivir una experiencia doble: un viaje turístico que deslumbra por su belleza subterránea, su escala monumental y su historia milenaria, y al mismo tiempo, una invitación a repensar un elemento cotidiano como la sal, no solo como condimento, sino como recurso natural, patrimonio geológico y factor de impacto en la salud y el bienestar humano.






