30 de enero: Día Mundial de las Enfermedades Tropicales Desatendidas (ETD)

Hay enfermedades que no desaparecen no porque no sepamos cómo prevenirlas o tratarlas, sino porque ocurren en los lugares equivocados.

No son raras, ni nuevas, ni desconocidas. Afectan a más de mil millones de personas y, sin embargo, siguen fuera del centro de la conversación global. No por un error médico, sino por una lógica silenciosa: no generan urgencia donde se toman las decisiones.

Las llamadas enfermedades tropicales desatendidas prosperan allí donde faltan agua potable, saneamiento básico y sistemas de salud sólidos. Se concentran en regiones de África, Asia y América Latina, pero no pertenecen exclusivamente a esos mapas. Pertenecen, sobre todo, a un sistema que aprendió a convivir con ciertos niveles de sufrimiento sin que eso resulte escandaloso.

Sus nombres suelen sonar lejanos o difíciles: anquilostomiasis, ascariasis, esquistosomiasis, fascioliasis. Otras resultan más familiares, como el dengue, la lepra o la rabia. No son términos de laboratorio ni curiosidades médicas: son infecciones que causan dolor crónico, anemia, desnutrición, daños neurológicos, ceguera, deformaciones físicas y estigmatización social. En muchos casos, las secuelas acompañan a las personas toda la vida.

Estas enfermedades no aparecen de forma aleatoria. Su persistencia está directamente vinculada a determinadas condiciones estructurales.

  • La falta de acceso a agua potable y saneamiento favorece infecciones parasitarias e intestinales transmitidas por agua o alimentos contaminados, como la ascariasis, la anquilostomiasis, la dracunculiasis, la fascioliasis y el tracoma.
  • Las viviendas precarias y el hacinamiento facilitan la presencia de insectos transmisores y el contacto prolongado entre personas, un contexto asociado a enfermedades como el Chagas, la lepra y el pian.
  • La ausencia de control de vectores permite la proliferación de mosquitos y otros insectos que transmiten enfermedades como el dengue, la leishmaniasis, la elefantiasis y la oncocercosis.
  • El contacto frecuente con agua contaminada, especialmente en ríos o lagunas sin control sanitario, expone a parásitos y bacterias responsables de enfermedades como la esquistosomiasis y la úlcera de Buruli.
  • Finalmente, la falta de control sanitario animal y alimentario favorece infecciones transmitidas por consumo o contacto directo, como la cisticercosis y la rabia.

Durante años se habló de estas enfermedades como un problema estrictamente sanitario. Pero el problema nunca fue solo médico. La ciencia conoce estos cuadros, sabe cómo prevenir muchos de ellos y cómo tratarlos si se detectan a tiempo. Lo que suele faltar es inversión sostenida, acceso a diagnósticos tempranos y políticas de salud que prioricen a poblaciones con baja visibilidad global.

El término desatendidas no es casual. Estas enfermedades reciben menos fondos para investigación, menos campañas de prevención y menos atención mediática que otras patologías igualmente graves. No porque sean intratables, sino porque afectan mayormente a comunidades pobres. La pobreza, la falta de agua limpia y la precariedad sanitaria no son sólo contextos: son parte activa del problema.

Lo más inquietante es que el mundo se acostumbró. Aceptar que millones de niños y adultos convivan con infecciones prevenibles se volvió parte del paisaje global. Algunas de estas enfermedades no matan de inmediato, pero limitan, deforman y excluyen. Y esa lentitud las vuelve tolerables para un sistema que prioriza la urgencia sobre lo persistente.

Ese equilibrio empieza a mostrar fisuras. El cambio climático está ampliando la circulación de mosquitos y vectores, desplazando enfermedades hacia zonas urbanas y periurbanas. Algunas ETD ya no están confinadas a regiones remotas: aparecen donde las condiciones sanitarias fallan, incluso cerca de grandes ciudades. Lo que parecía lejano empieza a acercarse.

Hablar de enfermedades tropicales desatendidas es, en el fondo, hablar de prioridades globales. De qué vidas generan acción inmediata y cuáles pueden seguir esperando. Mientras existan dolencias que persisten no por falta de soluciones, sino por falta de voluntad, el problema no será médico. Será ético.

Este 30 de enero, el llamado es claro: mirar donde casi nadie mira… y empezar a actuar.

En un mundo hiperconectado, seguir mirando hacia otro lado ya no es una opción sostenible. Porque la salud no entiende de fronteras… y la indiferencia tampoco es una barrera definitiva.

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